Santiago de Cuba, una historia de amor

Carátula del libro que originalmente se llamó Piedras y Sombras: Santiago de Cuba. Una historia de amor.
Edición y composición: Pilar Sa.
Un libro en busca de una editorial
Mis recuerdos
En esta típica vivienda santiaguera, contemplé yo por primera vez una techumbre de madera y tejas en la mañana del 16 de diciembre de 1949. No fue el sol lo que vi, ni un frío cielo raso de una sala de partos de un hospital, sino el techo de esta casita, quizás del siglo xix, en San Basilio 114 del viejo Santiago de Cuba. No fue una parecida ni reconstruida, sino exactamente esta misma casa.

Esa debe haber sido la estrella con la que me ha marcado la naturaleza para hacer que me guste extraordinariamente el dibujar edificios viejos. A los pocos meses de vida, mi familia se trasladó media cuadra más arriba, a causa de la cercanía de la llamada zona de tolerancia, lugar poco apropiado para criar a dos niñas.
La zona de tolerancia era en aquella época un espacio de recreación de los marinos mercantes y militares que transitaban por la ciudad, con la consecuente secuela de prostitutas, chulos y delincuentes.
En esta nueva casa en la misma calle San Basilio viví los siete primeros años de mi vida. Realicé los estudios primarios en la escuela más cercana que era el Colegio Belén, que se encuentra enclavado en lo alto de la escalinata de Padre Pico, posiblemente el lugar más pintoresco de la ciudad vieja para ser visitado por turistas.

Por esos escalones subí y bajé durante años varias veces al día. Fui testigo diariamente, por tanto, del más atrayente espectáculo de vida cotidiana del Santiago de Cuba de la década del 50.
Después la familia continuó prosperando y mudándose hacia barrios más nuevos hasta echar raíces en 1960, en la Avenida del Río, una calle rodeada por una increíble vegetación, que desemboca en la carretera del Caney, en la que se habían construido pequeñas casitas modernas.
Tuve, por tanto, una infancia feliz y llena de ilusiones, visitando los lugares históricos y pintorescos de la ciudad.

Después me trasladé a La Habana a continuar estudios.
Cuando regresé a Santiago de Cuba a realizar mi servicio social, deambulé mucho por las calles tradicionales, volví frecuentemente a ver el hogar donde había nacido y para sorpresa mía, el barrio cambiaba y se modernizaba, pero esa casita continuaba con su vieja fachada en pie exactamente como estaba cuando yo la contemplaba de niña.
Volví a La Habana en 1976 a trabajar y solo fui a visitar a mi familia de Santiago algunas veces.
Hace pocos años, después de haber dejado pasar más de quince años sin volver a mi ciudad natal, he vuelto de nuevo a la calle San Basilio, y he encontrado la centenaria fachada ahí, erguida, indiferente al paso de los años, con la misma pesada puerta, las mismas rejas, con la techumbre ahora medio podrida.
La nostalgia de los años más felices de mi vida me ha llevado a concebir y realizar este libro.
Sirvan estas líneas de tributo a la ciudad que me vio crecer, que forjó en mí los principales valores de los que hoy me enorgullezco y que he tratado de trasmitir a mi familia, después de más de seis décadas de ver Santiago de Cuba por primera vez.
Maritza Verdaguer, en Cuba, 2013
Alba y ocaso
Es imposible decir categóricamente que un imperio nace o muere en algún sitio específico. Las estructuras de poder se forjan lentamente, y de la misma forma, se destruyen. Es la ley de la naturaleza: todo tiene un principio, un desarrollo y un fin.
Así, la metáfora de que Santiago de Cuba constituye el alba y el ocaso del imperio español, solamente indica la importancia crucial que tuvo la ciudad en algunos momentos históricos muy significativos del auge y la caída del imperio español.
Las primeras décadas de existencia de Santiago de Cuba están estrechamente ligadas a Diego Velázquez, nacido en Cuéllar, España, en 1465 y fallecido en Santiago de Cuba en 1524 y a quien califican como el primer hispano‑cubano.
Participó en el segundo viaje de Colón y en la llamada pacificación de las islas de Cuba y La Española hasta 1509. Fue Adelantado y gobernador español de la Isla de Cuba hasta su muerte. Ejerció su poder desde la ciudad de Santiago.
Fundó las siete primeras ciudades españolas de Cuba: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, en 1512, que fue la primera villa y primera capital de la isla; San Salvador de Bayamo; Santísima Trinidad; Santa María de Puerto Príncipe; Sancti Spíritus; San Cristóbal de La Habana; San Juan de los Remedios y Santiago de Cuba, hacia donde trasladó la capital procedente de Baracoa.
Santiago de Cuba se mantuvo como capital de Cuba hasta 1607, fecha en que se dividió el territorio en dos departamentos. San Cristóbal de La Habana fue nombrada entonces capital de la isla y Santiago de Cuba permaneció como cabecera del departamento oriental. Pero desde su fundación en 1515, Santiago de Cuba fue centro de los intereses imperiales, aunque los barcos salieran de otros lugares.
De Santiago de Cuba partieron las primeras expediciones a Yucatán y México, por iniciativa de Diego Velázquez, que patrocinó varias de ellas. La existencia de oro y culturas avanzadas avivaron la codicia de los españoles y a finales de 1518, Velázquez se unió a Hernán Cortés para organizar una expedición, en la que Velázquez era el armador y Cortés, el capitán general.
La conquista se expandió sobre América y contribuyó al auge del imperio español durante siglos, hasta que se desgajaron de España las colonias con excepción de Cuba y Puerto Rico.
En 1868 comenzaron las guerras por la liberación de Cuba, aunque ya había habido rebeliones de esclavos y conspiraciones fallidas. En 1895 se inició la guerra que concluyó la presencia española en la isla.
En 1898, Estados Unidos entró en el conflicto bélico, donde Santiago de Cuba fue escenario de las principales batallas entre cubanos, estadounidenses y españoles: El Caney, la loma de San Juan y la entrada de la bahía de Santiago de Cuba, fueron lugares clave que marcaron la derrota de las tropas españolas, con el descalabro de la escuadra del Almirante Cervera.
A grandes rasgos, esta es la parte histórica general más importante del dominio del imperio español en Cuba, pero existe otro dominio, más emocional, que caracteriza la magia y arraigo de la ciudad de Santiago tanto en las personas que nacieron en ella como en los que la visitan.
A pesar de haber sido destruida por piratas y terremotos, y haber sido reconstruida con diferentes estilos, que la convierte en una urbe principalmente ecléctica, Santiago mantiene una unidad espiritual, un aire misterioso y pintoresco que va más allá de su aspecto físico y le confiere una personalidad propia, arreciada por las luchas de las que ha sido testigo.
Grandes hombres y mujeres han nacido o vivido en ella, entre ellos, generales de la Guerra de Independencia e importantes personalidades de las artes y las letras. Por eso permanece en los corazones de quienes como yo, emigraron a otros lugares de Cuba, pero que de una manera u otra hemos mantenido nuestros vínculos.
Dibujos, historia, narraciones y leyendas
He dibujado los lugares de mayor relevancia de la época colonial y de los primeros años de la república, algunos desaparecidos, otros aún en pie. He agregado algunas fotos antiguas e incluido un poco de historia de las edificaciones más importantes de la ciudad, para que se pueda tener idea de la época de construcción y los acontecimientos más importantes que ocurrieron en ellas, o simplemente, el uso para las que fueron creadas.
Las narraciones y leyendas, escritas con mucho amor y profesionalidad, corresponden a la autoría de Raúl Ibarra Albuerne, vecino de mi familia y amigo de mi padre y autor de Narraciones y leyendas de Santiago de Cuba.
El primer tomo se publicó en 1945, pero el segundo nunca vio la luz. Me impresionó tanto, cuando lo leí siendo muy joven, que cincuenta años después todavía lo recordaba y decidí buscarlo.
Lo encontré en la biblioteca de la antigua Universidad de Oriente. Fue difícil transcribir sus páginas, ya que por su estado al libro no se le podía aplicar técnica digital.
Lo que impacta de esta obra —como el propio autor señaló—, es que personajes comunes sin importancia histórica, dan una idea de cómo era la vida en esa ciudad en el período colonial.
La mayoría de las narraciones versan sobre momentos trágicos de los protagonistas, o simplemente explican costumbres de la época y cómo surgieron diferentes dicharachos callejeros que se han convertido en parte del refranero popular y que han llegado hasta nuestros días.
Su hijo, Raúl Ibarra Parladé, escritor y guionista santiaguero, escribió acerca de su padre:
"Soy de mi infancia como de un país”, decía Saint Exupery, y como él, somos muchos los que repetimos la frase del autor de El pequeño príncipe. Aunque en mi caso, ese país estuvo, y sigue estando, habitado por una sola persona: mi padre.
Fue un hombre de su época, provinciano y santiaguero hasta la médula, y como tal, dedicado a nosotros, sus hijos.
Un excelente profesional del periodismo de nuestra ciudad, formado a lo largo de años de trabajo en muchos periódicos locales, trocado en historiador de Santiago de Cuba por amor y profundo conocimiento de cuánto hay de tradicional y glorioso en el agitado devenir de siglos de esta capital oriental, que él asumía como si fuera el devenir de su propia vida.
Nunca se apartó de ella, fue generoso hasta lo indecible de su talento y de su trabajo para con su ciudad, que fue su modo de insertarse con la mayor fuerza posible en el espacio en que le tocó nacer, crecer y ser útil.
Con todos tenía palabras de afecto, una idea ingeniosa, una broma simpática; en el fondo, como suele suceder con las personas de buen humor, era sensible, tierno y muy triste. Para mí, el mejor padre que me pudo deparar el destino."
Espero con estas páginas contribuir a que la gente común que ama la lectura, encuentre un testimonio fidedigno acerca de la ciudad de Santiago de Cuba, resumido y organizado de la manera más amena y bella que me ha sido posible, extraído de la inmensa información que existe acerca de esta ciudad.
Así que empiezo y termino cronológicamente este libro al revés: lo que escribí en 2013 para darle inicio, unido al clásico dibujo de la escalinata de Padre Pico, construida en 1899 por iniciativa del alcalde Emilio Bacardí, así como un dibujo de mi casa natal, son las palabras finales de "Piedras y Sombras, alba y ocaso del imperio español", que en algún momento intermedio llamé también "Piedras y Sombras. Santiago de Cuba, una historia de amor".
Después de haber tenido que estudiar de nuevo la historia de Santiago y conocer un montón de personas interesantes, reencontrarme con mis ancestros y con muchos amigos, comienzo este texto que más que inicial es realmente lo último que he redactado y que tiene para mí un alto valor emotivo.
Maritza Verdaguer, en Cuba, 2014.
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